Las acciones elegidas dentro del campo de gozo y plenitud personales, que permiten una recuperación inmediata del cuerpo, que conllevan emociones saludables y positivas, que permiten disfrutar del aprendizaje, en un ambiente social de libertad y realización … no generan estrés sino actualización y desarrollo de nuestras capacidades humanas.
Cuando las relaciones sociales o la relación consigo mismo se tiñen con amenazas, desvalorización, adicción, ambición, competencia por valor personal, dominación, etc crean una actitud emocional excedida de exigencia y auto-exigencia. Este emocionar es muy diferente al significado de pedir, reclamar, o consensuar, como tampoco la autoexigencia nada tiene en común con la excelencia.
La exigencia crea situaciones de retroalimentación con el estrés que llevan a fragmentarse e insensibilizarse frente al sufrimiento para sostener la vida, consumiendo recursos reparadores mientras decrece la actualización del potencial humano. Esta es una de las razones por las cuales la dupla estrés-exigencia es utilizada, combinada con la idealización, para la manipulación ideológica e institucional de las personas.
La exigencia es posible sólo si el exigido sostiene creencias que hacen legítima la autoridad y el poder de quien exige, o de la situación existencial que exige, es decir si se tienen creencias específicas donde la propia persona se trata a sí misma como instrumento para la acción de una voluntad ajena a sí misma (el que ordena, el que manipula, o su propia emoción interior implacable).
A modo de ejemplos, en las relaciones sociales vemos fuente de exigencias en vínculos, trabajos y contratos abusivos, la publicidad adictiva, las instituciones públicas autoritarias y la sumisión ideológica. En el mundo psicológico las vemos en efectos de la represión sobre los deseos, los ideales de sí mismo, la desvalorización de la imagen personal, la fragmentación egoica, el miedo, y otras emociones negativas.
Para tolerar la instrumentalización de sí mismo, el responder a órdenes, y llegado el caso permitir ser tratado como objeto a través de la alienación, la propia persona disocia su visión de sí misma donde una parte cumple mientras otras partes de la personalidad mantienen autonomía.
Tal disociación, cuando es rutinaria e impuesta por las condiciones sociales de sobrevivencia se convierte en una estrategia de manipulación que llamamos fragmentación de las personas. Si socialmente se niega la existencia de estos abusos, el mecanismo defensivo que generan es la renegación, donde el dolor y el sufrimiento dejan de ser vistos y compartidos.
La instrumentalización, y más grave la fragmentación y la renegación, son mecanismos psicológicos creados por modos sociales alienantes (de producción, de educación, de segregación, familiares) que permiten adaptarse, es decir someterse/someter a relaciones sociales perversas y dañinas como si no existieran.
Las emociones son acciones intracorporales que habilitan globalmente los recursos orgánicos para ciertas acciones e inhabilitan para otras (e-movere, ir hacia). Los mecanismos defensivos que antes hablamos generan la exigencia y la manipulación como emociones vinculantes, y retroalimentan dichos mecanismos psíquicos defensivos.
El estrés moderno es mucho más complejo que sensaciones físicas o malestar psicológico. Es un fenómeno de raíz social que consume la vida de las personas convenciéndonos de vivir un mundo que es inaceptable fuera de su matriz.
Por ello cultivar exigencias con estrés tiene el riesgo de ingresar en actitudes psicológicas nocivas para la propia personalidad y para las relaciones con los demás. Su efecto es como una bola de nieve o un agujero negro que va consumiendo todo a su paso hasta que el cuerpo, el ánimo, o la vida social colapsan.

